Crimen nocturno, cap. I





Me rodeó cálidamente con sus brazos. Me sentía protegida, segura…querida. Cosas que hacía años que no lograba sentir con cualquier otra persona. Era como si él me hubiese devuelto la vida. Lo que yo no sabía en aquel momento era que, meses más tarde, aquel ser bondadoso y amable, se convertiría en alguien frío y calculador, e iría arrebatándome la vida poco a poco.
Estábamos en septiembre, y un sol cegador se distinguía detrás de esas horrendas cortinas blancas de nuestro salón. Un buen día, sin duda. O…quizá las apariencias engañan y algo malo, muy malo iba a pasar. A decir verdad… ¿Qué podía pasar si estaba con él? Lo era todo para mí. Si se alejaba, mi felicidad se agotaba poco a poco, hasta consumirse por completo. Y es que a veces, muchísimas veces, me avergüenzo de mi actitud, mis expresiones; de mí misma en general. Pero él siempre me dice que me quiere y que para él, soy la persona más perfecta que puede existir… Y eso me hace cambiar de parecer. Pero debo contar lo que de verdad importa.
Y es que todos los amores se graban literalmente en nuestro corazón, pero esto llegó más allá. Llegué a quererlo tanto que comencé a llamarlo a todas horas. Le preguntaba dónde estaba, qué hacía… Las primeras veces no le importó, pero con el tiempo comenzó a ser una molestia. Hasta llegué a seguirlo en varias ocasiones. Yo lo quería, pero él comenzó a hartarse de mí. Intentaba pasar el tiempo distraída viendo nuestras fotos, pero no bastaba para alejarme de la cruda realidad.
Un día de otoño, por la mañana, me levanté con los primeros rayos del sol de la mañana y me di cuenta de que él no estaba a mi lado, como de costumbre. Intenté tranquilizarme pensando que quizá estuviese abajo, desayunando o escuchando la radio, como solía hacer siempre. Así que me tranquilicé, cogí mi ropa y me vestí, temiendo que él se marchara y me dejara sola para siempre.
Demasiado tarde. Él se había marchado sabe Dios a dónde y me había dejado sola. Ya ni siquiera me dejaba notas diciendo a dónde iba…Aquello estaba llegando a su fin. Intenté pasar el día ocupada para no pensar en lo que se me venía encima, pero apenas era capaz de aguantar dos segundos sin pensar en él. Y, por fin, llegó la noche. Pero él no llegó con ella.
El reloj marcaba las diez, las once…la una de la madrugada, y él seguía sin aparecer. Decidí irme a dormir. Pero no pude dormir mucho, ya que unos ruidos extraños me despertaron. Me di la vuelta y miré el reloj; las tres. Sin duda, tenía que ser él.
Primero escuché un fuerte portazo, después oí como unos pasos amenazantes se acercaban a mi cuarto. Estaba realmente aterrorizada. Charlie no era bueno cuando estaba borracho. En más de una ocasión había llegado a amenazarme con un cuchillo para que viera con mis propios ojos de lo que era capaz.
De repente, sin previo aviso, la puerta de abrió de golpe, arrastrando a su paso una ráfaga de aire frío que me heló los huesos. Un fuerte olor a cigarrillos, alcohol y bar de carretera comenzó a llenar la habitación, cubriéndolo todo con un extraño ambiente. Me estremecí bajo las mantas y no me atreví a mirar, a abrir los ojos, temiendo lo peor.
Aquellos horribles pasos se acercaban cada vez más. Estaba temblando. Nunca había pasado tanto miedo…tanto terror en mi propia casa. Y entonces…sucedió. Primero, ruido; después, dolor; y, por último; una sensación de caer en el vacío por un túnel sin salida invadió mis sentidos. ¿Estaba muerta? ¿O simplemente estaba dormida y todo era un sueño?
De repente, reparé en que no era la única en aquella cama… Había alguien más.


- Continuará.


(Sí, sé que es un poco mierda, pero tengo 14 años, no me pidáis demasiado.)

1 comentario:

LucíaGalvánGuitián dijo...

¿Qué pidamos más? Tiene buena pinta. He dado hoy con tu blog, pero me ENCANTA